martes, 19 de abril de 2016

Cómo anular a una persona
ANA CRISTINA ARISTIZÁBAL URIBE

El peor daño que se le hace a una persona es darle todo. Quien quiera anular a otro solo tiene que evitarle el esfuerzo, impedirle que trabaje, que proponga, que se enfrente a los problemas (o posibilidades) de cada día, que tenga que resolver dificultades.

Regálele todo: la comida, la diversión y todo lo que pida. Así le evita usar todas las potencialidades que tiene, sacar recursos que desconocía y desplegar su creatividad. Quien vive de lo regalado se anula como persona, se vuelve perezosa, anquilosada y como un estanque de agua que por inactividad pudre el contenido.

Aquellos sistemas que por "amor" o demagogia sistemáticamente le regalan todo a la gente, la vuelven la más pobre entre las pobres. Es una de las caras de la miseria humana: carecer de iniciativa, desaprovechar los talentos, potencialidades y capacidades con que están dotados casi todos los seres humanos.

Quien ha recibido todo regalado se transforma en un indigente, porque asume la posición de la víctima que sólo se queja. Cree que los demás tienen obligación de ponerle todo en las manos, y considera una desgracia desarrollarse en un trabajo digno.

Es muy difícil que quien ha recibido todo regalado, algún día quiera convertirse en alguien útil para sí mismo. Le parece que todos a su alrededor son responsables de hacerle vivir bien, y cuando esa "ayuda" no llega, culpa a los demás de su "desgracia" (no por anularlo como persona, sino por no volverle a dar). Solo los sistemas más despóticos impiden que los seres humanos desarrollen toda su potencialidad para vivir. Creen estar haciendo bonito, pero en definitiva están empleando un arma para anular a las personas. (No quiere decir que la caridad de una ayuda temporal no sea necesaria en momentos especiales).

jueves, 5 de abril de 2012

"La muerte de la familia", Introducción. Libro de David Cooper

Extracto de la introducción del libro "La muerte de la familia" de David Cooper

La muerte de la familia

David Coooper

Título original: The death oí the family

Traducción de Javier Alfaya

Introducción

El psiquiatra británico David Cooper adquirió prestigio internacional entre los años sesenta y setenta en tanto que impulsor del movimiento antipsiquiátrico, del que fue uno de sus máximos teorizadores, junto con R. D. Laing y A. Esterson.

Para entender cabalmente las contribuciones de Cooper y la antipsiquiatría es preciso remontarse al siglo XIX, en el momento en que, como dice Foucault en su Historia de la locura en la época clásica, las distintas corrientes psiquiátricas convergen en Freud. Pero si ello es cierto, no lo es menos que la teoría psicoanalítica se orientó hacia la curación de los trastornos neuróticos, desatendiendo las patologías más graves que, como la psicosis y la esquizofrenia, se mostraban incompatibles con la terapéutica freudiana. No era posible, desde un punto de vista analítico, aplicar el método de la libre asociación en un paciente psicótico, ni esperar de un esquizofrénico la posibilidad de una relación transferencial que permitiera manejar la cura.

La sociedad del capitalismo industrial es una suma de individuos dañados; no obstante, la misma estructura social establece una jerarquía respecto al daño que hace a los individuos. Hay vidas irremediablemente más estropeadas que otras. Y hay formas de curación para algunos trastornos, pero no para todos. Así, y dado que el psicoanálisis —siempre desde un punto de vista terapéutico— se orientó exitosamente hacia la resolución de los conflictos neuróticos, la locura, en cualquiera de sus formas, quedó, ya entrado el siglo XX, todavía en manos de la psiquiatría tradicional.

Que la locura fuera una «enfermedad mental» era la piedra miliar sobre la que dicha psiquiatría se había asentado desde su nacimiento y consolidación, que no en vano coinciden con la afirmación del orden burgués en Occidente. Más que una labor terapéutica, la psiquiatría había practicado desde sus orígenes una «caza » de ese hombre enfermo, el «loco», al que había que apartar de la sociedad y enclaustrar en un recinto propio: el manicomio.

Sartre lo dijo en innumerables ocasiones: el orden burgués, el orden de los «justos», necesita proyectar ineludiblemente hacia fuera el mal. Y el mal tiene incontables representaciones. Es todo lo que se desliza por las mallas de la racionalidad burguesa y toma la forma del loco, del homosexual, del delincuente, del revolucionario, del negro o del palestino. Es decir, del otro.

La psiquiatría, por tanto, históricamente, ha venido a cubrir con un espeso velo ideológico esa realidad del otro extrañado que es el enfermo mental. Sin contar que, en sí misma, ha sido motor de elaboración de brutales mecanismos represivos como el electro-shock.

Esta cobertura ideológica, la psiquiatría la encontró en la formulación antes apuntada de que la locura es una enfermedad mental.

Justamente en la impugnación de esta noción de enfermedad mental se encuentra el origen o punto de partida del movimiento antipsiquiátrico inglés, así como de otras corrientes como la inspirada en Italia por Franco Basaglia. La respuesta de Cooper y sus colegas a la pregunta de qué cosa es la enfermedad mental es ésta: la humanidad alienada del loco es inseparable de la contrahumanidad alienante del médico. Al igual que las figuras del amo y del esclavo que aparecen en la Fenomenología del Espíritu de Hegel —ambas se necesitan, no son nada la una sin la otra y viceversa—, el psiquiatra y el loco surgen históricamente como el tipo y el contratipo de la individualidad burguesa.

Ahora bien, en esta relación inseparable, el psiquiatra encarna la normalidad y, en consecuencia, el dominio del justo sobre el otro. Es él quien decide si a ese ser humano disminuido que es el loco conviene o no seccionarlo de su grupo, de su existencia social, y encadenarlo de por vida en los muros protegidos de un hospital psiquiátrico.

Para Cooper y sus compañeros se trataba, pues, de combatir este dominio de la psiquiatría tradicional. La «enfermedad mental» bien podía ser una manera de interpretarla, realidad del psicótico o del esquizofrénico como realidades patológicas que había que excluir.

Pero una interpretación distinta igualmente podía considerar la locura como una peculiarísima forma de «liberación».

Desde este punto de partida nacieron las experiencias más fascinantes del movimiento psiquiátrico inglés.

Cooper, en particular, llevó a la práctica este supuesto que invertía el clásico orden manicomial -¿no será el hombre «sano» quien verdaderamente está loco?— tomando bajo su dirección una comunidad terapéutica de esquizofrénicos: el célebre «Pabellón 21» de un hospital psiquiátrico londinense, que le procuró buena parte de la experiencia sobre la que basaría su libro fundacional Psiquiatría y antipsiquiatría.

Luego, y en colaboración con Laing y Esterson, Cooper creó la Philadelphia Association, entidad ya plenamente antipsiquiátrica. En una de las comunidades terapéuticas que integraba la Asociación, la de Kingsley Hall, el movimiento obtuvo sus éxitos más resonantes. De ahí surgió el inolvidable Viaje a través de la locura, el libro en el que una esquizofrénica, Mary Barnes, explicaba el largo proceso que la había conducido a su definitiva curación.

El movimiento antipsiquiátrico de Cooper y Laing no debe contemplarse, empero, desde el único punto de vista terapéutico. Las implicaciones descubiertas en el orden manicomial trascendían la realidad psiquiátrica.

Las enfermedades mentales, tal y como las concebía la psiquiatría clásica, eran una mentira, por cuanto constituían ni más ni menos que enfermedades sociales.

Y si la esquizofrenia aparecía como «liberación», es decir, como salida que se inventa el ser humano para vivir una realidad invivible, era porque ella misma apelaba a una desestructuración de esa realidad para así enfrentar la existencia inhumana que soporta el hombre normal.

De esta manera, la antipsiquiatría de Cooper aspiró a condensar una nueva visión del mundo. Y para ello, amalgamó materiales teóricos de muy diversa procedencia: la filosofía de raíz existencialista; el marxismo; el psicoanálisis —en parte—, más algunas de las fuentes en que bebía la contracultura occidental de los años sesenta, tal la del budismo zen, propagado por autores como Alan Watts; pero, por encima de todo, la filosofía sartreana, a la que Cooper, en colaboración con Laing, dedicó una documentada exégesis con el título de Razón y violencia (ambos psiquiatras vieron en el sincretismo sartreano uno de los rescoldos vivos en la tradición del pensamiento filosófico occidental).

Al propio tiempo, el movimiento antipsiquiátrico trató de estructurarse como movimiento social a partir de la experiencia de las comunidades terapéuticas. Políticamente, este movimiento había de confluir con el de tantos otros sectores extramuros del sistema. De esta necesidad sentida por los antipsiquiatras surgió La muerte de la familia, que Cooper escribió en 1971.

Auténtico manifiesto político, éste es un libro en el que se impugna frontalmente la estructura familiar burguesa, en sus connotaciones patriarcales y monogámicas.

En la familia, represiva por esencia, se origina la locura, pues su finalidad no consiste tan sólo en reproducir las formas de dominación en lo ideológico, sino también en la internalización de éstas en la estructura psíquica de los individuos.

Si las revoluciones han fracasado, sostiene Cooper, es porque pretendieron únicamente la conquista del Estado sin proponerse una auténtica transformación de la vida. En La muerte de la familia se presentan distintas alternativas de liberación individual a través del amor, la locura y la política, a fin de que el sujeto sea capaz de vivir «experiencias significativas», una vez desprendido de su yo falso e ilusorio.

En la actualidad, cuando ya el movimiento antipsiquiátrico inglés ha desaparecido formalmente, el texto de La muerte de la familia no puede leerse en su calidad inmediata de manifiesto político. La situación hoy es otra. Pero así como la antipsiquiatría ha contribuido eficazmente a desenmascarar las falacias del orden manicomial y a hacer que, por lo menos, éste se constituya en «régimen abierto» para el enfermo, de parecida manera el libro de Cooper ha coadyuvado a la idea de que es posible una estructura familiar no represiva:

«Tal vez la única forma de que las personas —se lee en La muerte de la familia—, íntimamente imbricadas las unas con las otras en el seno familiar y en las réplicas de la familia que son las instituciones sociales, puedan desplegarse sea gracias al calor del amor».

Ahora bien, ocurre que «el amor sólo toma la temperatura adecuada para efectuar este despliegue, una vez atravesada esa región —habitualmente considerada como ártica— del respeto total por la propia autonomía y del de cada una de las personas conocidas».

martes, 13 de abril de 2010

Introducción (ampliando la presentación)

En oportunidades, y dadas las circunstancias, tenemos reflexiones y accedemos a pensamientos que nos permiten descubrir nuevas concepciones de vida que nos determinan de forma diferente, que nos ayudan a concebir ciertos cambios en nuestras actitudes y que de alguna forma nos dan la oportunidad de renovarnos, de transformarnos, de sentirnos mejor desde nosotros mismos.

Sentir ese cambio en nosotros y que el mismo nos permita funcionar diferente, contribuyendo a nuestro bien estar, nos anima inmediatamente a compartirlo con quienes puedan valorarlo de forma positiva.

En este espacio quiero compartir esas “Buenas Nuevas” que me regala la vida, las que disfrazadas de circunstancias se me presentan como una forma de conectarme con esa vida, que me suena muy virtual pero que está llena de mi mismo, que deja de ser virtual cuando decido descubrirla en mi persona, único lugar donde verdaderamente puedo encontrarla.

De la misma forma también resultará útil recibir los aportes de quienes puedan tener una opinión diferente, la cual también contribuirá a una nueva circunstancia que posibilite un nuevo cambio desde una nueva perspectiva.